El amor: esa planta carnívora…
Aquella mujer se vistió de blanco,
dejó que se durmieran sus demonios
y se alió con los ángeles
ajenos
necesarios.
Esta vez el armagedón de su alma
permaneció mudo.
Esta vez sus labios dibujaron una sonrisa
franca,
abierta.
Y sus ojos miraron de frente
sin ese miedo añejo de cegarse con el sol,
pero ya no encontró nada
y sus párpados
volvieron a dormirse.
La corona de flores
fue lo único que sobrevivió al silencio
después que su recuerdo
y su vestido blanco
desaparecieron para siempre.
Aquella mujer estuvo viva
sólo un minuto antes de su muerte real.
Lástima.
No hubo nadie que pudiera verla.