Diminuto puñal
desgarra el velo tenso de la noche
y la plenitud se desata.
Brindemos…
Debussy se aposenta entre nosotros
como ayer,
como antaño
y nos brillan las sombras
como un recuerdo extrañamente ácido.
En el brindis
algún roce de dedos nos sacude
-quizá un poco de pena,
quizá un poco de magia en otros dedos…
quizá un poco de nada-
y sonreímos
para evitar la turbación y las sospechas
de preguntas lanzadas
con la mirada fija
(¿Qué se murió la tarde de aquel “no”?)
Deslizamos
la gris neutralidad de un “hola”
“¿qué hay de nuevo?”
“¿Qué has hecho en tanto tiempo de tu vida?”
Pero todo es tan raro, tan ajeno
que el silencio nos cae a paletadas
como la tierra
cae sobre un cadáver.
La mustiedad nos viste de miseria
y sonreímos
y disimulamos.
Las notas de Debussy parecen ser preguntas
nunca dichas
(¿Qué se murió la tarde de aquel “no”?)
Llena otra vez las copas
para ti -como siempre- de Bourbon,
para mi media copa de veneno
para matar un poco la tristeza.