El amor: esa planta carnívora…
Mirando el mar
Las cosas más sencillas
son como una postal dentro del alma
como esa languidez de un mar en calma
durmiendo en las arenas amarillas.
Abrazo mis rodillas
mirando sin mirar la eterna danza
del crepúsculo hundirse en lontananza
detrás del beso azul del mar y el cielo.
Después la tarde añil despliega el velo
brumoso donde duerme la esperanza.
Jardines
Nada renace ya en aquellos huertos
hendidos en el golpe de lo aciago,
no existe ningún mago
que transforme en vergeles los desiertos.
En los jardines muertos
quedan, por los rincones olvidados
fantasmas anacrónicos, callados,
sonámbulos al eco de añeja hacha
-con la cabeza gacha-
por esos huertos tristes, desecados…
Jardines I
Rincón de lasitud yerma, sin fuente,
abatido entre otoños despiadados
que con sus dedos mustios, descarnados
desangran la floresta lentamente.
Los surcos se han cerrado. La simiente
murió de tanta sed, resquebrajada
por la inercia del tiempo y de la nada.
Aquí ni el polvo airea
y ya no canturrea
ningún pájaro azul en la alborada.
Castillos de nada
Volví al jardín de mar. Llené mi holgura
de flores de agua-sal
y en pétalos de líquido cristal
-como el roto cristal de mi locura-
enguirnaldé de nuevo mi cintura.
La hojarasca candente de la arena
temblaba en caracolas de azucena
-castillos de la nada-
donde un invierno de aire –marejada-
sobre y bajo el jardín, se desarena.