El amor: esa planta carnívora…
Altiva y solitaria mujer dormida
con el pecho de piedra y ojos de hielo
sin mirar otra cosa que no sea cielo
purpurino y vetusto de la caída.
Ya de tu mano hueca y estremecida
Izcozauhqui se fuga como humo pardo
solo queda la espina, cactus y cardo
que te visten princesa de la montaña.
Nada turba tu sueño, nada lo empaña
sino el rugido triste de algún leopardo.
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Este grito constante de los volcanes
se tornan Iztaccihualt tan displicente
que observa las laderas, indiferente
sirviendo de escalera a los alacranes,
sabandijas y bichos cuyos desmanes
nacidas a su propio envenenamiento
lanzan uñas y dientes al firmamento
por colgarse un poquito de la locura.
Que taciturno espacio tiene la altura,
que soledad callada, de aburrimiento.
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