He escuchado el llanto de la hierba y no pude evitarlo.

Juan Laurentino Ortiz
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Nació en Puerto Ruiz, Departamento de Gualeguay, Entre Ríos, el 11 de junio de 1896 y murió un día como hoy en Paraná, el 2 de septiembre de 1978. Vivió su infancia en una zona agreste de la selva de Montiel y realizó sus estudios secundarios en Gualeguay, donde vivió hasta 1942 como empleado del registro civil, hasta establecerse en la capital provincial. De ideas vagamente anarquistas, se adentró en un idealismo social que lo llevaría al comunismo. Publica El agua y la noche, su primer libro de poesía, hacia 1933, a instancias de sus amigos Carlos Mastronardi, Córdova Iturburu y César Tiempo. Le siguieron El alba sube (1937), El ángel inclinado (1938), La rama hacia el este (1940), El álamo y el viento (1947), El aire conmovido (1949), La mano infinita (1951), La brisa profunda (1954), El alma y las colinas (1956) y De las raíces y del cielo (1958). Su obra completa fue recogida en tres volúmenes: En el aura del sauce (1971). Fue constantemente visitado por jóvenes que buscaban en él consejo y apoyo, y se transformó en una figura idealizada por éstos por su unificación de vida y poesía. Así, entre gatos, larguísimas bombillas para el mate y finísimas boquillas para el cigarrillo, libros raros y sahumerios, logró una reputación casi mítica. En 1957, no obstante, salió de su retiro provinciano para visitar China, Rusia y Checoslovaquia. La poesía de Juan L. Ortiz deriva del simbolismo, de Rilke, del primer Juan Ramón Jiménez, Maeterlinck y, posiblemente, Mallarmé. Sus atmósferas son siempre delicadas y casi enfermizas; el paisaje es sutil, etéreo, como soñado. La vida pasa por los versos con una sensación huidiza: la verdad parece ocultarse siempre más allá, entre un oro otoñal y un caer de pétalos en el viento. En este mundo dolorido, exquisito y bello, el poeta sufre sus languideces y melancolías. |
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No era necesario mirar el cielo ni las ramas.
Aquí te vi, niña fantasmal de velos diáfanos, en el mediodía inexistente. |
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Rosa y dorada
Febrero
Etérea,
Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura, |
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Todo el día mi alma hoy estará suspensa
¡La voz del agua
Todo el día seré un niño
La vida será solo |
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Venía de las colinas celestes ya,
La conocía, y lloré dulcemente con sus ojos
Pero la rosa del día no se iba sola esta vez por el río.
No sé. No sé. ¿Era que su silencio no encontraba
Doliente acaso de estar únicamente en el aire, mirada sola de cielo,
El lenguaje que se encontrará, que se volverá a encontrar, de todos,
¿O es que ella debería descender, humilde,
El espacio del corazón… ése sobre todo, éste sobre todo, |
Tomado de (http://www.agendadereflexion.com.ar)